Gardel, el gran ídolo de Vidalito y de muchos en todo el mundo.Sabido es que en cualquier pueblo del mundo siempre hay quien cante, a veces de manera profesional, otros muchos por afición, por pasarla bien y hasta porque sienten que debieron ser lo que ellos mismos jamás imaginaron que al final serían. Esto parece un trabalenguas, sin embargo les aseguro que no lo es, y mucho más si se habla de Vidal Ricardo, mejor aún, “Vidalito”, nuestro “Zorzal”, el más auténtico cantor de tangos que hayamos tenido en Buenaventura, este pintoresco pueblito que desde 1933 reposa feliz a ambos lados de un tramo de la carretera central, entre las ciudades de Holguín y Las Tunas.
Es cierto que hasta aquí no hay diferencias entre alguien que cante tangos en Tegucigalpa, Nueva York, Lima, La Habana o mi Buenaventura, amén de la disparidad en la selección de los ejemplos citadinos, pero de lo que sí estoy seguro es de que en muy pocos países, además de Argentina, claro está, haya quienes lo canten y lo mantengan como muchos cubanos.
El Tango llegó a Cuba, como a otros muchos lugares del mundo, con las películas y los discos de Gardel, Hugo del Carril y Libertad Lamarque, vino para quedarse, como también se quedó la música mejicana. Aquí, y hay muchos que pueden dar fe de la certeza de mis palabras, las bufandas llegaron a desafiar el calor, y la brillantina inundó muchas cabezas en franca imitación de los astros bonaerenses. Qué decir de los sombreritos de medio lado y el cigarrillo al caer de los labios en franco desafío a la gravedad. Un verdadero espectáculo tropical y una imagen que algunos llevaron casi hasta la muerte.
Los hubo y los hay que llegaron a incorporar a su cotidianidad aquella jerga de las mil canciones y hasta la manera de vivir del Abasto, aprendidas y aprehendidas del celuloide. Entre los más curiosos personajes que poblaron estas polvorientas calles y que a pesar de reposar en la eternidad, todavía dan voces en mi mente está por siempre “Vidalito”, apodado así tal vez por su diminuto tamaño, que contrastaba con su carácter fuerte.
Vidalito, cuyo verdadero nombre era Vidal Ricardo, vivía en la misma calle del hospital Nicodemus Regalado, céntrica y tan antigua como el poblado mismo. Allí, en la esquina contigua a la añeja iglesia metodista se tejió una bonita historia del tango en mi pueblo.
Entonces había pocos televisores, las noches eran algo menos que aburridas y en zonas como esta una de las alternativas es el alcohol, que hincha las venas y hace bailar, acordarse de muchas cosas y hasta cantar, esto último hacía Vidalito, y como amaba el tango, cantaba tangos.
Vidal venía de Camagüey en donde muy joven había hecho familia y dejado un hijo, aquí fundó otra en la que le nacieron dos más. Aquí hizo la mar de amigos, casi todos dados al trago y a la canción, o por lo menos amantes de los buenos ratos. Nada más aparecía el cuadro, se componía la tarde y ya estaba Vidalito, con su voz engolada, recordando a Gardel, evocando los títulos más hermosos del Morocho del Abasto. De él aprendí casi de memoria, Mi Buenos Aires querido, Esta noche me emborracho, y muchos más que forman el más grande legado del folclor argentino.
Algo que no había dicho, y que es muy importante, es que Vidal era un excelente hojalatero, que lo mismo hacía una chismosa o candil, que estañaba el radiador averiado de un automóvil cualquiera, ya he dicho en otra ocasión que es un oficio que se ha perdido en mi pueblo, aunque siempre aparece quien le tire un “punto” de estaño a un jarro, pero no es como antaño, que de la mañana a la tarde, podía verse a nuestro personaje sentado en su banqueta, rodeado de sus enseres y frascos con brea y ácido.
Recuerdo que Vidalito, aprovechando su condición de hojalatero y los materiales que tenía a mano, cortó un trozo de hojalata y no sé quien, con dotes de rotulador, le escribió lo que el “Zorzal” le dictaba. Al día siguiente, todos pudimos leer un cartel que al principio no comprendimos y que desde entonces tengo grabado en mi mente, porque fue la primera puerta a la tierra y filmografía de Carlos Gardel y a la cultura arrabalera: “Luces de Buenos Aires”.
Las viejas generaciones de mis coterráneos, que lo conocieron, pueden dar fe de lo que he dicho y de mucho más que se ha perdido en la memoria de la gente, pero a parte de su pasión por el tango, su afición por el trago y su seriedad como hombre y amigo, nada más podría decirse, porque jamás ofendió, jamás importunó más de lo que el trago permite y obliga. Vidalito fumaba y bebía, lo que a la postre ayudó a llevarlo al descanso eterno, pero trabajaba y cantaba, y “a ciencia cierta no sé “, como dice un conocido tango, por qué lo de “Rémington”, quizás le causó gracia o le pareció interesante la pronunciación del nombre de la famosa marca de fusil, pero muy pocas veces llamó a alguien por su nombre, siempre empleaba el conocido Rémington para nombrar a todo el que se cruzaba con él, y de hecho, para muchos de nosotros él mismo llegó a alternar entre “Vidalito” y “Rémington”.
Me considero de una generación intermedia, de la que está entre la ola de boleros, guarachas y sones de los cuarenta y cincuenta y la que nació para admirar y disfrutar con las bellezas salidas en las décadas de los sesenta y setenta, pero también soy de los que aprendieron a gozar con los efluvios de otras culturas, como la argentina y eso lo debo yo en buena medida a ese hombre pequeñito, que hablaba con el acento de las pampas y que en algunas noches, cuando nos sentábamos en la acera, frente a la puerta de mi tranquilo hogar, pasaba rumbo al suyo silbando melodías.
Recuerdo que una de aquellas noches, mi papá, siempre humilde y compartidor, lo llamó para pedirle un tango, y él, solícito y feliz, accedió gustoso, el aliento a ron me dio en el rostro y me dijo: “Dime Rémington, cuál quieres oír”, yo que muchas veces había escuchado parte de su repertorio, sorprendí a mis padres con una solicitud que ni el mismo cantor esperaba: Cante La Cieguita y esa que dice Tomo y obligo, mándese un trago -dije-, Inmediatamente, como movido por un resorte, comenzó Vidalito a cantar, su pequeña figura tomó altura, se encorvaba y su rostro fue transformándose en el tango mismo, sus gestos de artista atrapaban todas las miradas y su voz agardelada llenaba la oscura noche de frases y giros venidos desde tierra lejana. Nada paraba al cantor, nadie interrumpía su actuación cuando nuestro zorzal criollo se dejaba caer en brazos del hecho tangueado, como solía decir, y además de su voz, sólo oíase el singular instrumento que siempre le acompañaba: una cajita de fósforos.