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“Como cambian los tiempos, Venancio, qué te parece”. ¿Recuerdan ese sabroso son? Pues bien, se me ocurrió filosofar un poco sobre el modo de enamorar a través de la historia, y como siempre hablo a título personal, hablaré, o mejor dicho, escribiré sobre lo que conozco y he vivido o me han contado de buena tinta.

 

¿Cómo la enamoraron a usted? ¿Cómo enamoró usted? Esas son preguntas sabrosas, porque estoy seguro de que aflorarán frases y modos, tantos como enamorados hay sobre la faz de la tierra. No hablo ya del macanazo en la cabeza del que menciona la más especulativa de las literaturas sobre la prehistoria, ni de las piedrecillas lanzadas al paso de la diosa amada, me referiré únicamente a esos discursitos sosos y lacónicos que pronunciábamos tartamudeando, sudando frío y con el corazón en la boca cuando, en mi tiempo de adolescente, pretendíamos a alguna mozuela.

Casi siempre empezaba así: La muchacha se acercaba y nosotros, después de mucho pensarlo, de haberla dejado “escapar” un millón de veces, de recibir un millón de empujones de los “socios”, nos decidíamos a la “conquista”. “Psssss, niña, necesito hablar contigo”, ahí mismo empezaba la sudadera, el temblor en las piernas y el deseo de que aquello terminara pronto aunque nos mandaran a freír tusas. En la mayoría de las veces, la muchacha miraba asustada, porque eran tiempos en los que por cualquier esquina aparecía el padre, la madre, una tía o una maldita vieja chismosa que te embarcaba en una cuarta de tierra. Entonces venía lo más duro de responder o argumentar, la bella te miraba con cierto desprecio y espetaba: “¿De qué?”, ¡Ay, mi madre!, ahí se formaba el enredo, ¿¡de qué!? ¡Cómo recordar las palabras que habíamos preparado y hasta escrito en un papel para aprender de memoria, con pedazos de cartas que supuestamente escribió Vargas Vila o poemas de Amado Nervo o José Ángel Buesa!

Casi siempre, a los más tímidos se nos enredaba la lengua de tal modo, que lo que nos salía de la boca no eran palabras, sino un murmullo incoherente, lleno de “gallos” y para colmo, si la chica era un poquito más avispada, nos miraba y soltaba la risa, nos daba la espalda y allí quedábamos, con la boca abierta, blancos como un papel, pasando el susto; a veces nos quedaba un poquito de orgullo y se nos escapaba, como en un silbido, sin fuerzas, un “oyeeee, ven acá, chica” que completaba el papelazo, porque ella seguía caminando y riéndose.

Sin embargo, no siempre las cosas nos salían tan mal, a veces teníamos un poquito de suerte, y en eso ayudaban mucho las “descarguitas”, esas fiestas de adolescencia que nos inventábamos los fines de semana, o las actividades recreativas que solían amenizar las noches de miércoles en las escuelas internas. Ahí sí, porque la música ayuda, no la música de ahora, en la que hay que hacer un notable esfuerzo no ya para conversar con la pareja porque eso es imposible, sino para estar frente a frente por más de dos segundos. La música de mi adolescencia y primera juventud ayudaba, y lo mismo con Fórmula V que con una sabrosa pieza de órgano, ese cajón inmenso que aquí en mi tierra es tradición y nostalgia, teníamos la oportunidad de acercarnos a la ninfa de nuestros sueños, tocarle las manos, acercarnos a su oído y de paso oler el agua de colonia que se ponía detrás de la oreja. Allí, más cerca de su alma decirle entonces: “Yo,…necesito decirte una cosa…” ella inmediatamente reaccionaba, echaba un poquito atrás la cabeza, nos quitaba la oreja de la boca y preguntaba sin mirar: “¿qué cosa?”, cuando eso sucedía, la pelea casi estaba ganada, ahí mismo cogíamos fuerza, como el toro cuando va a embestir y le dábamos un ligero jaloncito para acomodarnos como mismo estábamos antes, porque el asunto era esquivar su mirada, para que no nos vieran hacer muecas.

“Es que desde hace tiempo, yo… mira, que desde la primera vez que te vi, estoy enamorado de ti”, ahí había una parada oficial, esa parada era estratégica, porque si ella no estaba “puesta” para uno, te dejaba parado en el medio del salón con la baba chorreando, pero si te “aguantaba la muela”, lo demás era fácil; entonces, si se quedaba calladita, uno seguía y completaba: “¿Qué, sí o no?”. Con el tiempo esa pregunta cambió y ya no se preguntaba “Sí o no”, sino “Sí o sí”, como para ponerla en un callejón sin salida, ella a veces se reía y en ese momento podía pasar cualquier cosa, lo mismo te decía: “no, yo ya tengo novio”, que “tengo que pensarlo” o lo más triste: “No, tu no me gustas”, algo que te mataba redondito, redondito.

Era una época linda, sin lugar a dudas, y esas “muelitas” con lo feitas que parezcan hoy,  a veces “enganchaban” y después de la pregunta de “Sí o sí” venía la manito cogida, un besito en sus deditos y un apretoncito cómplice que podía desembocar en un “paseíto”, mucho más sobrio y casto que los de ahora, que a falta de una música con la que poder declararse mientras se baila, los muchachos sólo se miran, de lejos, claro está, y en cuanto tienen una oportunidad se guiñan un ojo, él le manda un recado a ella o ella a él, da igual y “vamos a descargar”, descargar, ya usted puede imaginarse lo que es.

Y mire usted, en todo tiempo, eso de mandar recados ha dado sus provechos, pero en mi caso me trae malos recuerdos. Ahí les va otro trocito de mis aventuras “casanovescas”: Corría el año 1979, estudiaba yo en una de las escuelas internas de mi tierra y comenzado el curso pasó por mi lado a una de las chicas más lindas que había visto en mi vida, unos labios que eran un primor, unas piernas parejitas parejitas, una mirada de esas que te derriten, y yo me derretía, ¡claro que me derretía!, hasta que no pude más, pero entonces me entró el dichoso calambre, el que le entra a uno y en lugar de llamarla, llamé a un “socio”, le conté mis amores y lo que necesitaba que hiciera por mí, que le hablara de mí, en otras palabras, que “me pusiera un piedra”.

Los días pasaban, yo veía que él conversaba con ella una y otra vez, y yo desesperado: “Dime compadre, qué te dijo”. "Nada, estoy en eso,-me decía él- es un poco difícil, pero vamos a ver”. Yo seguía esperando por la “piedra”, hasta que un día, la “piedra” me cayó en la cabeza: los dos se empataron, y me fastidié.

Y ahora, con dos hijos en la etapa por la que hace mucho tiempo pasé, veo, escucho,… y pienso: ¡Cómo cambian los tiempos Venancio! ¿Qué te parece?

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