Así se veía Buenaventura en la década del 30. Foto cortesía de la familia Medina.Aunque pasen siglos y la humanidad sea capaz de conquistar todos los universos posibles, aunque las tecnologías alcancen a ir tan lejos de la imaginación como la misma imaginación no pueda llegar, seguirá existiendo la fotografía, y si existe la fotografía, seguirán vivos, por siempre y para toda la eternidad, los fotógrafos. De esos artistas del ojo y de las lentes, quiero escribir y compartir con ustedes.
Siempre hablo y escribo de lo que sé o tengo la posibilidad real de averiguar bien, porque la verdad es imprescindible cuando de historia se trata, aunque a veces la verdad se parece más a los sueños que a la propia realidad.
No quiero repetir la historia de Niepce y su heliografía con el betún de Judea, ni hablar de Louis Daguerre y su daguerrotipo, o del calotipo de Fox Talbot; todo eso es muy interesante y de hecho es la base de lo que emana de esta crónica, pero intentaré ir un poco más allá, viajar un poco en el tiempo y buscar las esencias de un oficio que más que imágenes, nos convida a seguir siendo niños, jóvenes; volver a los padres amorosos que tuvimos y a caminar con pasos de infinita nostalgia los mismos senderos que una vez recorrimos, cuando el tiempo parecía detenido en un presente hermoso.
En estas mismas páginas he publicado muchas de aquellas fotografías, descoloridas, retocadas un poco con las modernas técnicas de computación, pero son las mismas que una vez tomó un humilde fotógrafo, que recorría las calles de mi pueblo y de muchos otros pueblos con su cajón a cuestas, silbando una melodía o sencillamente pregonando su oferta, en medio de la algarabía infantil. Todavía pueden verse algunos, sobre todo en las inmediaciones del Capitolio, preservados por el Historiador de la Ciudad, haciéndole fotos a quienes le soliciten el servicio, de hecho, a esos artistas del cajón solía llamárseles “los fotógrafos de los guajiros”, porque todo el que iba a La Habana se retrataba allí mismo, como una prueba fehaciente de que él o ella sí habían visitado a la gran urbe.
De aquellos primeros artistas, aquí siempre serán recordados Ernesto Quiñones, el “Chino” Chi y el “Gallego” Torres, todos en la memoria colectiva, y atesorados en cientos de baúles de abuelas o en cajones repletos de imágenes impresas desde la lejanía. Con aquellas cámaras cuadradas y de tres enormes patas se retrataron nuestras abuelas, gracias a esas cámaras puedo mostrarles cómo era el primer ómnibus que tuvo Buenaventura, con su elegante nombre de “León de Oro”, propiedad de la maestra María de los Ángeles Mora; o las primeras construcciones de mi poblado entrañable, cuando todavía no existía la carretera central, ni calles por donde “echar” un paseíto vespertino.
Es muy cierto también que muchas de las familias con mayor solvencia económica hacían sus citas con Luis Sueiro, prestigioso fotógrafo que residía en la ciudad de Holguín, allí tenía su estudio y la mayoría de las quinceañeras soñaba con sus trajes y sus poses al estilo de las revistas de entonces. Pero dejemos tranquilo al mencionado holguinero y regresemos, que por acá también los tuvimos muy buenos y casi tan famosos como aquél.
Por acá conocimos a un señor que firmaba sus fotos con el apellido “Suárez”, otro era Manuel Díaz, conocidos como “de atril”, en alusión a las tres patas de su aparato.
El cuento puede ser mucho más largo, pero prefiero que cerremos los ojos y recordemos a nuestros más queridos fotógrafos, a esos que nuestra mente guarda cariñosa en medio de cumpleaños, con infinita paciencia y un rostro amable ante las impertinencias de los padres y las imprudencias de los niños. Un sitio especial para el buen “Lilo” y para “Minindo”, fotógrafos de casi todas las fiestas menudas de mi pueblo; y para los que poco a poco fueron sumándose a ese lindo oficio de sorprender en papel a la cotidianidad: “Niño la Pelúa”, Primitivo, Vila, Alexis, Fernando, y por supuesto, a los que hoy mantienen vivo el sueño de muchos, aunque la modernidad haya impuesto la impresión digital y ya no sea lo mismo buscar la luz con un ojo entrenado que “mejorar” la imagen a fuerza de computadora. Hoy los hermanos Perodín y algún que otro “improvisado” se encargan de hacer sonreír a mi gente, no sé de qué manera, porque hace tiempo no escucho aquella famosa forma de llamar nuestra atención: "¡Mira, mira el pajarito!" y ¡flash!




