¡Qué clase de invento el cine, caballeros!, se la comieron Auguste y Louis Jean Lumiere, de eso no hay dudas, porque si hay una cosa que une a las personas, que las hace llorar juntas sin ser familia, que las hace reír y hasta olerse sin querer, es el cine,
y ahora no hablo solamente del invento francés que a Cuba llegó con Gabriel Veyre, uno de los camarógrafos de los mencionados hermanos; hablo además de esa sala oscura o en penumbras que actúa las veces como máquina del tiempo, en la que nos convertimos por un rato en villanos o héroes, en niños o en ancianos, en apasionados aventureros y dejamos la piel de nuestros sentimientos prendida en las lunetas de nuestro corazón.
Sirvan esta palabras como un sincero homenaje a Juan Medina, Pedro Vázquez, Reinaldo y Geovani Zaldívar, Claudio y Daniel Vila González, Raúl Rodríguez (mi papá), Zoila de Zayas (mi mamá), Primitivo Betancourt (Tivo), Gilberto Ricardo (Niño “la Pelúa”), Félix Cordoví, Juan Garrido Pérez (“Manzanillo”), Evenecer González (“El cojo Pite”), Olga González, Martín Almaguer, Dora Serrat, Elio Leyva y a otros tantos cuyos nombres harían demasiado extensa la lista; que sea como un aplauso emocionado a todos los que han hecho y hacen por el cine a nivel mundial, no sólo como realizadores sino desde una sala oscura, alumbrando el camino a los que sueñan con ese rictus que muchos todavía llevamos en el alma. Y finalmente, si la vergüenza les alcanza, como látigo a los que actualmente le dejan morir lentamente en brazos del lucro y la comodidad.
El cine y su embrujo, tales y como los dibujo aquí, se están acabando, y es una lástima, porque cada día son más los acercamientos a la intimidad y lo mismo que podemos llevar la orquesta o el cantante en el bolsillo, también podemos tener la última cinta de Almodóvar en un insignificante pedacito de plástico y metal, colgado del cuello.
¡Qué placer aquel de acomodarse en el negro silencio! ¡Qué sensación imborrable la de horadar con la mirada el hueco etéreo hasta la inmensa pantalla y hacernos envolver con las mantas del color hasta quedarnos para siempre embelezados en el maravilloso cuento de la vida.
Allí me acomodé muchas veces, desde esas entrañas misteriosas vi y oí, amé y soñé a más no poder; desde una inmensidad de imágenes aprendí a respetar la entrañable presencia de esos sitios que han de ser como santuarios para ciertos nombres y las obras que ellos engendraron y paren todavía.
Con el tiempo llegaron los televisores gigantescos, reproductoras de videocasetes y en algunos casos de discos VCD y DVD… ¡Cuánto desarrollo! dirán algunos, los más incautos, yo particularmente siempre preferí y aún prefiero la sala oscura, las siluetas frente a mí chocando en plena batalla por encontrar sitio, aquella linterna que ayudaba a no caer, el ritual que iniciaba con la cartelera, la compra de la boleta, su inevitable ruptura a la mitad y finalmente la entrada a la inmensidad de la sala; el olor que no se olvida, algún que otro murciélago compitiendo en atención con los actores y en medio de la catarsis unas manchas de cinta calcinada en la pantalla, un cambio brusco o equivocado de secuencia, unas letras invertidas y el chiflido colectivo, acompañado de las universales palabras al atareado hombre de la cabina: ¡Cuadra, Miñingo! o aquella otra, que se espetaba aunque el proyeccionista fuera un abstemio convencido y tuviera las piernas más parejas que las columnas del Capitolio: ¡Cojo, suelta la botella!




