¿Quién puede cerrar los ojos ante el inmenso amor que convulsiona en esos corazones? ¿Quién podría no emocionarse ante tanto sacrificio y tanto sufrimiento? No importa el tiempo, no importa el lugar de la tierra en donde sea leída, vista o escuchada la inmortal obra, si hay dos amantes, habrá un Romeo y una Julieta.
Por eso no es de extrañar que aquí, muy cerca de Buenaventura, en plena campiña, Cupido haya flechado a dos corazones de tal modo que ni el mismo William Shakespeare hubiera podido resistirse a contar la historia, y tal vez, de haberla conocido, hoy en lugar de aquellos nombres, el teatro universal narrara con orgullo el amor imposible de: “Walter y Luisa, los amantes de Las Mantecas”.
La historia no pudo ser más enrevesada y estar más cargada de tensiones… Todo comenzó a principios del siglo XIX, a pocos años de que José Pérez, no sé por qué conocido como “Molina” y el gallego Ramón Pardo, se asentaran en la falda de la Loma de la Plata.
La manera de vivir y de convivir entre los seres humanos es tan complicada que por razones nimias puede convertir en enemigos acérrimos a dos personas y hasta a sus familias completas. Así sucedió con José “Molina” y el viejo Ramón Pardo, que por un asuntico de no coincidir en el modo de llevar sus vidas, se juraron enemistad eterna y llegaron a pedirse sus respectivas cabezas, la una criolla y la otra bien ibérica.
No es que los gallegos sean brutos, es que tienen un genio que les vuelve ciegos y cuando un gallego dice “Por aquí”, ni sus pies pueden decir “por acá” porque se quedan sin el gallego que venía arriba. Sucede que andando el tiempo y como para complicar las cosas, un hijo de José Pérez se “fijó” en una de las hijas del gallego Pardo, es decir, un Montesco se enamoró de una Capuleto.
Las lenguas de la época comentaban que las comadres sí se hablaban, a escondidas, claro está, y hasta se pasaban algún que otro platillo de dulces por las partes menos visibles de la cerca que las dividía, bajo el más alto riesgo de ser sorprendidas por sus respectivos esposos, pero eso queda en la especulación; lo cierto es que Walter Pérez y Luisa Pardo sí se veían a escondidas, se las ingeniaban para encontrarse después que ella leía las cartas que él le enviaba a través del aire, envueltas en una piedra.
Así pasaban los días y tanto el bueno de Walter como la enamorada de Luisa querían y no querían, es decir, querían oficializar su relación pero ninguno se atrevía a ponerle el cascabel al gato, o lo que es lo mismo, sonarle el “trompetazo” al intransigente Ramón Pardo, a fin de cuentas el “mas perjudicado” por ser el padre de la moza.
Pero bueno, hay cosas que no pueden ni deben demorar mucho y un buen día, o malo, según se mire, el Romeo criollo le dijo a su enjaulada Julieta: -Hoy, esta misma noche, de lo que no hay remedio voy a tu casa, y que salga el sol por donde salga- y lo más bonito es que cumplió con su palabra.
Eran aproximadamente las 7 de la noche cuando la portería de enfrente sonó, unos pasos y ya estaba Walter dando con sus nudillos en la puerta del viejo Pardo. Luisa sacó fuerzas y con la poca respiración que le quedaba dijo: “Vaaa”, se adelantó y entreabrió la puerta. Hasta ese momento tenía la esperanza de que no fuera él, no porque no lo amara con todas sus fuerzas sino por lo que sabía le vendría encima. Pero bien, a lo hecho pecho y blanca como una tusa de maíz, porque entonces el papel era poco frecuente, fue hasta la cocina y llamó a la madre, la madre al padre y el padre sin tener pleno conocimiento de lo que a sus espaldas se tramaba presentóse en la sala.
¡Para qué fue aquello! ¿Qué carajo haze ozté en mi caza?- esas fueron las palabras del viejo que casi no dio tiempo a Walter a balbucear el discursito que había preparado y que más o menos lanzó como pudo; “Yo, este, que soy novio de… y que yo y ella…”.
Bueno, para que contar, el gallego Pardo salió como alma que lleva el diablo en busca de su escopeta, la vieja a dar gritos, la novia aturdida sin saber qué hacer y como es de suponer, el novio no se encomendó a nadie más que a sus pies y salió disparado dejando tras sí un fandango de a quintal y medio.
No, no, que va, ahí no termina la cosa. Ya les conté al principio que el amor cuando es bueno, es bueno, como el de las películas, el teatro y las novelas y a pesar de que por poco se acaba el mundo empezando por Las Mantecas, los dos enamorados volvieron a sus andadas, las piedras envueltas en papelitos se llovían de un lado y del otro de la cerca maldita, hasta que llegó el día de la decisión definitiva: “Hay que escaparse”.
El plan fue fraguado muy bien para que no hubiera fallos. El transporte estaba garantizado: Una yegua de trote que pedía espuela; la habitación un poco distante pero bien escondida del bravo gallego y los víveres, que en estos casos no precisan ser muy abundantes pues los besos y caricias suplen cualquier otro alimento. De modo que todo se previó cuidadosamente, hasta el “chiflido” que salió de los labios emocionados de Walter. Eran aproximadamente las 12 de la medianoche…
Luisa, sigilosa, salió por la pequeña abertura que dejó la puerta entreabierta. Sus pasos menudos la llevaron directamente hacia donde le aguardaba su amado y allí, con un beso, sellaron la más sonada escapada de que se tiene noticias en toda esta zona. Con el trote de la yegua y las frases de amor ni el camino sintieron. La noche, de imaginar, y al amanecer cuando la “vieja” extrañó a la joven, el grito de terror, el llanto y de nuevo el gallego a buscar la escopeta. Tilo, consejos, perretas, y el copón divino, pero ya el mal estaba hecho y había que darle el frente.
Pasaron los días, que se volvieron semanas, meses y andando el tiempo Ramón aceptó a su hija y de hecho a sus nietecitos aunque a ella se le vio muy poco después de aquello en la casa del viejo. En cuanto al marido, nada de nada, Pardo jamás lo tragó. De más está decir que las dos familias acrecentaron su odio mutuo y mientras el “gaito” vivió jamás se hablaron, después sí, de todos modos los tiempos y las mentes cambian. Como ya les dije, de la trágica unión de Walter y Luisa nacieron dos hijos que, por supuesto, se criaron en medio de la balacera. Hoy ya son abuelos y de seguro más condescendientes con el amor de su prole. Nada, que la de Romeo y Julieta no es la única historia de amor digna de ser contada.