Pepe "El Ciego", tal y como lo conocimos. Fotos cortesía de Lalo Díaz, sobrino de Pepe.De los muchos personajes que pueblan mi memoria y que deambulan día y noche por mis recuerdos, vaga alguien a paso lento, tras el tic tic de un bastoncillo delicado y suspicaz y unas gafas oscuras, que todavía iluminan con su opaca brillantez una de las eternas calles de mi pueblo, para perderse entre muchas otras siluetas etéreas hacia la mansedumbre polvorienta de una mañana de siempre.
No se necesitan pupilas para ver el sol, no hacen falta retinas para mirar el tiempo. Las cosas son como son y cuando las desdichas se enseñorean en las praderas de la felicidad, entonces hay que aprender a lidiar con ellas sin dejar asomar una lágrima. Eso hizo aquel hombre, todavía en franca juventud, dueño de un destino y un hogar, padre de dos retoños y amante esposo, delicado y pulcro.
Hablo de José Fernández Méndez, entonces uno más en la familia fundada por Eduardo Fernández Almaguer y Julia Méndez Desdín, y quien años más tarde sería admirado por todos los que le conocimos y aún más, por aquellos con los que hemos compartido las anécdotas de una vida sorprendente y singular: Pepe, el ciego.
Seguramente usted ha visto, compartido y admirado a invidentes de todas las edades y de todos los oficios inimaginables, claro siempre con la notable limitante de aquellas labores para las que es absolutamente necesaria la visión, como uno de los sentidos más preciados. En ese grupo de fascinados me acomodo y le invito a seguirme en este paseo por los recuerdos de mi tierra.
José Fernández, apodado “Pepe”, como casi todos los que llevan ese nombre, nació el 10 de marzo de 1909, en Las Mantecas, uno de los barrios cercanos a Buenaventura, poblado holguinero desde el que nacen estas crónicas del alma. En las Mantecas jugó y creció como cualquiera, vivió feliz y rodeado de ciertas comodidades, pagadas por Eduardo, su padre, que a la postre y cuando el joven ya despuntaba como habilidoso comerciante, le ayudó a poner bodega mixta en el también conocido barrio de Los Moscones.
El joven Pepe Fernández.Hombre de sueños, quiso subir otros peldaños en la infinita escala de la vida y ya casado con la que sería su eterna esposa, la noble Caridad Pino, y con dos retoños tirándole de los pantalones, Pepe se deshizo de la tienda y compró un camión, para el trasiego de viandas y otros productos, con las consiguientes ventajas que ello le traía, incluida una vida mucho más holgada. Pero hay progresos que tienen como precio el dejar sueños en el camino y ese fue el caso de nuestro personaje. Un fatal día, mientras hinchaba de aire uno de los neumáticos de su camión, y no conforme con las marcadas por el reloj, quiso hacer pasar 5 libras de más.
La explosión movilizó a todos, el aro que contiene al neumático salió como un bólido y encontró en su siniestro camino al bueno de Pepe, golpeándolo tan fuerte por las piernas y el rostro, que casi lo dan por muerto. Los médicos certificaron el vaciamiento instantáneo de los ojos, con la consiguiente pérdida definitiva de la visión, sus piernas destrozadas y una zozobra de días, entre la vida y la muerte, espantada esta última a fuerza de curas con alcohol de 90 grados, uno de los “medicamentos” antibióticos de la época.
Pasó el tiempo, que todo lo cura o por lo menos lo alivia y Pepe volvió a caminar, volvió a soñar y sentirse fuerte y útil. No quiso ser más un ciego inútil y decidió, con los recursos económicos de que disponía, poner nuevamente una bodega y retomar aquel camino que había dejado cuando compró el fatídico camión. Tendría entonces unos treinta y tantos años. Ahí mismo comenzó a tejerse la leyenda de “Pepe el Ciego”.
Cada mañana salía de su hogar, entonces uno de los más elegantes de este pueblo, inmueble que actualmente es la dirección municipal de Salud Pública, para abrir su bodega, construida mano a mano con su hermano Eduardito, en la otrora vía principal y céntrica esquina comercial de Buenaventura, frente a otra bodega, conocida aquí como “La tienda del Chino”, exactamente donde un tiempo después construyera su casa el tintorero Juan Miller Lovis.
Cada día repetía Pepe su recorrido; su hijo José Fernández Pino, conocido como “Pepín” hacía las veces de contador y realizaba algunas otras tareas que el padre obviamente no podía, pero, que nadie imagine que el mostrador estaba a cargo de alguien de vista larga. ¡De eso nada! Pepe pesaba y despachaba cuanto producto se le solicitara y finalmente, con una habilidad insólita, cobraba y devolvía con una exactitud tan pasmosa, que más de una vez hizo dudar a quienes sospecharon que aquel hombre “tenía que ver aunque fuera un poquito”.
Con los años 60, tras las intervenciones de los negocios privados en Cuba, Pepe pasó a trabajar como simple dependiente a la bodega de enfrente, junto a otro legendario personaje ya mencionado unas líneas más arriba, Armando, el chino, del que otro día hablaré un poco más. Ahí estuvo muchos años. Ahí lo conocimos con su inseparable bastón, sus gafas oscuras, sus manos acostumbradas a identificar todas las denominaciones de billetes, y su andar lento pero con soltura y hasta elegante. En esos menesteres estuvo hasta su jubilación, a la que se acogió para compartir con amigos y familiares, y llenarles de aquella vitalidad que le acompañó hasta sus últimas horas, cuando al parecer le sorprendió una embolia, que finalmente le causó la muerte, tras varios días de gravedad e incertidumbre en el hospital provincial de Holguín.
Sin dudas, Pepe es ya una de nuestras leyendas, es tal vez el único invidente en todo el mundo, que haya servido como dependiente de bodega. La exactitud y maestría que alcanzó en esos menesteres también se debieron a su ingenio innovador, al diseñar y crear un sencillo sistema de reglas pequeñas, con las que medía las distancias entre la base del brazo de balanza y el peso móvil, de modo que el plato diera el peso exacto, que finalmente comprobaba situando uno de sus dedos de la mano derecha en el extremo flotante que indica la fidelidad del pesaje.
Según me comenta su sobrino y ahijado, el ya octogenario “Lalo” Díaz, Pepe jamás se quejó de su ceguera y en varias ocasiones le dijo que “ya no necesitaba para nada la visión”. Es realmente extraño y mil veces insólito el poder de adaptación de un ser humano, y mucho más si se trata de prescindir de uno de los fundamentales sentido de orientación y disfrute: la vista. Eso es lo grande de Pepe, un hombre que tras haber vivido treinta y tantos años en perfecta armonía con los colores del mundo, queda inesperadamente y por siempre en la oscuridad, ¿o tal vez llevaba todos los colores de la vida por dentro?, el caso es que nos enseñó a ver de otro modo, nos mostró una manera de no sentir la derrota, de lidiar con el fracaso, de enamorar a la desdicha y pintarla de sueños por descubrir.
Pepe seguirá con su paso lento y elegante por las calles de mi pueblo, con su eterno bastón a ras de suelo, y esa voz jamás vencida, gorjeando en la alegría y en la broma; como aquella mañana en la que, a regañadientes y mandado por mi madre, fui a buscar algo de arroz de su despensa y un señor que no recuerdo, quiso comprobar del invidente su destreza. “Pepe” -dijo el supuesto gracioso- “me devolviste mal, el billete que te di era de 10 pesos, me falta dinero”, y Pepe, con la pose que caracteriza a los de su limitación, la cabeza erguida y sus oídos oteando a los sonidos, le espetó: “Yo soy ciego, pero no soy bobo” y se rió sabroso.




