paracaidismo.jpgNo creo que tenga que detenerme a explicar qué es un paracaidista, todo el mundo conoce ese oficio, afición o como quiera llamarse al hecho de lanzarse al vacío desde un avión, helicóptero, sencillamente desde cualquier altura, cosa que en el orden personal no haría ni por un millón de pesos, como decía mi padre.

Pues bien, de paracaidistas y de paracaidismo quiero hablar hoy y del recuerdo que me traen siempre que los veo con sus enormes lonas redondas, llenas de cuerdas y colores, descendiendo lentamente desde las alturas hasta tocar tierra eufóricos y liberando adrenalina.

Al único paracaidista que he conocido personalmente es a un primo mío, medio loco, en el más familiar de los sentidos, que nunca le tuvo miedo a nada. Un buen día salió de su casa en Sanfield y cuando regresó por la tarde, traía los ojos desorbitados y una sonrisa entre nerviosa y psiquiátrica: ¡me tiré de un avión!, fue lo único que dijo. Después nos enteramos que hacía algunas semanas se había alistado en un club de paracaidismo.

Pero no es de él de quien quiero hablar, sino de un suceso local, que hasta hoy no ha tenido parangón en materia de deportes aéreos en nuestro terruño. Aquí cayeron unos cuantos paraidistas, regados, pero cayeron.

El hecho tuvo lugar como colofón o conclusión de una bonita y pretenciosa fiesta deportiva organizada en el verano de 1988, cuando todavía el Director de Deportes aquí era Félix Cruz Calixto.

Resulta que Félix hizo sus gestiones y coordinó un desembarco de paracaidistas del equipo de Las Tunas, bien entrenados los muchachos y con experiencia, pero todo tiene su cosa. Los deportistas de las alturas pidieron una sola condición: Que les pusieran una señal en tierra, visible desde las alturas y así se hizo, unas gomas de camión, un poco de queroseno y un fósforo, y ya estaba la señal, el humo negro llegaba al cielo, eso tenía que verse desde la luna, y se vio, pero…

Las cosas no son tan fáciles, y el viento también cuenta. Ese día el viento se antojó de soplar como nunca y cuando se lanzaron, los enganchó una ráfaga y ahí mismo empezó la cosa.  Por mucho que tiraban de las cuerdas guías, no enrumbaban los paracaídas y por mucho que quisieron acercarse al terreno de pelota, que era el sitio donde debían aterrizar, ninguno lo logró. La gente, que esperaba ansiosa la caída de aquellos intrépidos voladores, veía con asombro cómo se alejaban de Buenaventura hasta que se les perdieron de vista. Entonces comenzó la odisea, los espectadores calculando a dónde rayos habían caído y los infelices recogiendo lona a cientos de metros de donde debían haber caído.

Así sucedió, pero lo más triste fue el susto multiplicado que se llevaron personas y animales que ni habían visto nunca un paracaidista cayendo sobre sus cabezas ni se habían enterado del suceso.

El que más cerca cayó, lo hizo cerca de la vivienda de Pedro Bruzón, conocido por todos aquí como Peruca. Según me cuentan, los ovejos y los guanajos no hallaban donde meterse, y la querida Olidia, su esposa, que tranquilamente lavaba una ropita debajo de la matica de siempre, sintió el tropel y el gur gur gur de los guanajos, fue entonces que levanta la vista y ve aquello que se le venía encima. Ahí mismo soltó la batea y un grito que hizo historia en toda la comarca: Perucaaaaaa... No sé bien lo que sucedió después, pero cada vez que veo a un paracadista, me acuerdo de mi querida Olidia y por supuesto, de Peruca.