Miller (al centro) explica la historia recogida en el sitial del centro de combatientes de la Revolución en Calixto García. Foto: Aleaga.Lo conocemos de siempre, desde que Buenaventura era pequeñito como un barrio donde todos éramos como familia. Eran aquellos tiempos en los que en un cumpleaños cabían todos los niños del pueblo, y las noticias, buenas o malas no demoraban más de cinco minutos en recorrer nuestras escasas calles.
Como sucedía con Holguín, en tiempos de la Metrópoli, y que José Martí describió en carta desde Alta Gracia, como “tierra toda de blancos”, en Buenaventura habían muy pocas personas de la raza negra. La inmensa mayoría éramos mestizos, y en esa circunstancia étnica destacaban sólo dos familias con clara ascendencia africana, la de los Mantilla y la de Miller y Caridad.
Es un simple dato de apreciación, un simple comentario con respecto a la pigmentación de la piel porque aquí el que no tiene de congo tiene de carabalí, bien se sabe que como dijo Nicolás Guillén, “andamos de dos en dos”, y todos alguna vez tuvimos un abuelo blanco y un abuelo negro.
Pero no es de pieles que quiero hablar, quiero hablar del hombre, de ese que “es más que negro, más que blanco, más que mulato”, del hombre que llegó a Buenaventura porque su esposa recién graduada de enfermera vino a cumplir con su servicio a este pueblo y él la siguió para fundar un hogar y hacer una vida.
Hablo de una persona que a lo largo de todos estos años, desde que Buenaventura era pequeñito como un frijol, se ha ganado el cariño de muchos por su sencillez, su elocuencia y su espíritu incansable. No hay tarea popular en la que haya estado ausente, no hay compromiso que no haya asumido, y en cuanto a locuacidad, como me dijo un compañero: “Si lo dejan hablar, no lo mata nadie”
En una tierra donde los oficios no pasaban de zapatero, chofer, limpiabotas, bodeguero o campesino, Miller, aunque nunca lo ejerció aquí, sembró la curiosidad con su domino de la sastrería. Y así, entre saludos, trabajo, reuniones y pasos largos para las calles que ahora son muchas más, fue cosiendo el traje de su vida, ese con el que lo conocen muchos de hoy, cuando a pesar de sus años, cuando la mayoría piensa en retirarse, él, jubilado, sigue con sus compromisos y su buen carácter, sin esperar nada a cambio, sólo por la convicción de ser útil.
Estas son simples palabras de un nativo; de alguien que ha crecido en este polvoriento pueblito montado a horcajadas sobre la carretera central y que se ha llenado de canas saludando casi todos los días a este hombre bueno, cariñoso, sencillo y honrado del cual estamos hablando, que por cierto, no sé su edad. Dice un viejo refrán, muy cubano y popular, que cuando a un negro le salen canas es porque es viejo cantidad. Eso quiere decir que Miller no es tan viejo, porque o no tiene muchas canas, o ya no tiene pelo.




