Les confieso que si a mí me gustara la pelota como le apasionaba a mi viejita, que en su santa paz descanse, hoy, en lugar de locutor y guionista, fuera comentarista deportivo, porque lo de ella era casi un delirio, una manera de respirar y de vivir cada jugada como el que más.
Lo de Zoila, que así se llamará eternamente la autora de mis días, era amor, pasión, palpitar de niña que corretea feliz ante la llegada de un nuevo juguete, cuando comenzaba una serie, y ante la espera de un nuevo partido.
No recuerdo a otra persona en mi familia que dominara con tanta exactitud los nombres y equipos de cada jugador, sus costumbres al batear, como los recordaba ella, ni otra persona que riera tanto con los ponches y pifias de los jugadores contrarios.
Una de las cosas que mejor guardo en la memoria, eran nuestras visitas domingueras al antiguo terrenito de pelota, cuyas viejas gradas de madera estaban donde ahora se juega un poco de fútbol, muy cerca del estadio que todos conocen. Ahí, bajo unos inmensos mamoncillos, estaban aquellos largos bancos de madera, en escalones, y con un techo enorme, bajo el cual los habitantes de esta querida comarca nos reuníamos para presenciar las batallas deportivas de los héroes de entonces.
Casi todos los fines de semana, la cita era obligada, no había muchos televisores, la tecnología que desune a la familia, la enmudece e idiotiza, no había llegado y padres e hijos íbamos de la mano al estadio de los Bruzón a ver el partido. Allí veía yo a mi madre gozar de lo lindo, reír a mandíbula batiente y cantar cada strike, casi al par del ampaya de home.
Allí estaban los de siempre, admirados por las destrezas de algunos jugadores e indignados por los errores de otros, pero apoyando al equipo que por etapas ha llegado hasta nuestros días y que a lo largo de todos estos años nos ha dado múltiples alegrones.
Hay algo que recuerdo con una mezcla de sentimientos, y tiene que ver con esa pasión de mi vieja por la pelota. Mi madre era costurera, modista, con mucho oficio en esos menesteres. Y un día, a fuerza de ver los ripios de saco que se colocaban a modo de almohadillas en las bases, decidió hacerlas nuevas para donarlas el domingo siguiente. Y así fue.
El bueno y noble de mi viejo, salió en busca de los materiales, y al rato se apareció con saco y un poco de guata de colchón, algodón y no sé cuántas cosas más. Ni corta ni perezosa, mi madre emprendió la tarea y al rato ya estaban listas las tres bases nuevas para nuestro terreno de pelota.
Llegó el domingo, llegamos, como de costumbre, y Zoila hizo entrega de su regalo. Todos de pie la aplaudieron, el director del equipo, que creo era Gilberto, “Beto” Acosta, le hizo una especie de reconocimiento público, y a la voz de play ball, comenzó el partido.
Zoila tal vez no recordaba que la pelota se juega con spikes en los pies o pensó que el contacto de los corredores no haría tanto estrago en sus cojincitos. El asunto fue que en el mismo primer inning, cuando los bateadores empezaron a conectar y a correr sobre aquellas hermosas almohadillas, los pinchos de sus zapatos rajaron el saco y andaba la lana y el algodón regado, que poco faltó para que detuvieran el juego y barrieran todo aquello.
No tengo que decir que a la emoción propia del partido se sumó el choteo a la vieja por el reguero que había formado. Y ella, que también le gustaba, se dejó llevar. Cada vez que alguien ponía un pie en los cojines y levantaba lana, ahí venía la risa de la gente. Yo creo que la afición se divirtió ese día, mucho más con las bases de Zoila, que con el partido, que no recuerdo quién lo ganó. Sí, ya me acuerdo, lo ganó ella, eternamente en mis recuerdos beisboleros.