María Mora. Foto cortesía de la familiaMaría de los Ángeles Mora es uno de los personajes más conocidos y queridos de mi pueblo, y no creo que haya en Buenaventura, sitio desde el cual siempre escribo, alguien que no haya conocido o escuchado de aquella maestra, una de las fundadoras del poblado, iniciadora de muchas cosas y amante de todo cuanto alcanzara la vista de cualquier ser humano.
María Mora, como se le conoció y recuerda, fue una de las primeras maestras venidas desde otras tierras a plantar escuela e instrucción en este trocito de mundo, cercano a la ciudad de Holguín, en el gran “caimán” del Caribe. Llegó con su dulzura a ganarse el afecto de grandes y chicos, a marcar con su paso de faldas anchas el camino hacia el recuerdo.
No acostumbro a dar demasiados datos de vida que a la larga aburren a mis lectores, sólo quiero hacer remembranza de aquellas personas, lugares y hechos que nos dejan huellas en el alma y eso hizo aquella mujer de palabras sabias y corazón convencido de la humildad y la delicadeza.
Yo estudiaba en la escuelita de Pueblo Viejo, recuerdo que salíamos a todo correr por el camino de regreso a casa y justamente en la esquina que me conducía al hogar, tenía María su enorme casona y una capilla, templo de su fe religiosa; como guardián del patio, casi a la entrada de aquel solar sin cercas ni límites duros, había una enorme anoncillo, siempre lleno de nidos y en su época cargado de esos frutos dulces y carnosos que hacen las delicias de muchos. Llegado el tiempo, corríamos a tumbar mamoncillos, y como es costumbre “de vejigos”, los mamoncillos se tumban a palos y a piedras, mas con María la cosa era bien distinta y no porque impidiera tumbarlos, no, pero en cuanto nos veía lanzándole cosas a la mata se acercaba con paso lento y desde muy cerca nos decía bajito: “No, no, no, no me le tiren piedras, a los árboles también les duelen los golpes, miren, ahí está una vara, tumben y lleven todos los que quieran” y nos hacía bajar la cabeza de vergüenza.
Así era María Mora, su casa llena de cuanto “bicho” camina por estas tierras, muy pocos realmente suyos, gallinas que ponían sus huevos en los cuartos, gallos que caminaban dueños de todo, palomas mensajeras y gorriones que se disputaban los granos de arroz y los trocitos de pan sobre la mesa de la inmensa cocina comedor con piso de tierra, zunzunes, y todo en una suerte de paraíso en el que la paz reinaba y su dueña parecía saber que todo lo que logramos o nos es dado, es sólo para ser usado por un tiempo y que de nada seremos eternamente dueños.
En estos días me acordé mucho de ella, casi siempre me acuerdo, porque entre otras cosas, eché mi niñez en su misma calle, porque aprendí a admirarla y respetarle desde aquella vez que me sorprendió con un dedito en mis fosas nasales. Llegó despacio, me tomó de la mano y me dijo tiernamente: “Eso es muy feo, cuando sientas que necesitas limpiarte, pídele un pañuelito a tu mamá”. Caminamos hacia mi casa y yo temblaba de miedo, llamó a la autora de mis días: “Mire, si me promete que no le pegará le digo algo”- confirmada la promesa, continuó con lo que tenía que decir y cerró- “Él no lo hará más, es un niño bueno y usted una buena madre”. Dicho esto se viró hacia mí y me dijo: “Vamos, tengo un regalito para ti”, fuimos hasta su casa y me regaló “Los cuentos de Mamá Luna”, un libro precioso que todavía conservo, con su firma al pie de una página.
María fue una de las principales promotoras para la construcción de la Unión Club, después Círculo Social y actualmente Casa de Cultura, organizó las más hermosas veladas de que se tiene noticias aquí, y es tal vez la maestra que tiene el record de más niños alfabetizados en la Buenaventura de los años 30 y 40.
Por todo eso me acuerdo de ella, y cosas que tiene la vida, hace unos días estaba pensando en ella, en su figura pintoresca de faldones, encajes y pamela, de su enorme sombrilla y de algo que también la singularizó: María de los Ángeles Mora era extremadamente religiosa, su fe la llevaba a confiar en sus plegarias hasta en los momentos más difíciles. Cuando pasaba mucho tiempo sin lluvias, cuando la tierra ya pedía a gritos una gota de agua, enseguida todos, sabedores de la costumbre de la maestra, iban a su casa y María la fiel devota, organizaba la procesión. El pueblo entero se lanzaba a la calle, se le unía con estandartes y vírgenes y al frente ella, marcando el paso de la multitud pedía la lluvia salvadora. En eso pensaba hace unos días, cuando sin notarlo yo, después de varios meses totalmente secos, se nubló y ha caído uno de los más grandes aguaceros que he visto en mi vida,… y tranquilito. ¡Gracias María, donde quiera que te encuentres!




