Luis Ramírez ha defendido por décadas la cultura mireña. Foto: Daer Pozo.Hacer arte no puede cualquiera, enseñar a hacerlo sólo aquellos que hayan sido tocados por la gracia y el talento divinos, con que se arman las fibras de un elegido. Eso es este hombre al que dedicamos esta crónica: Luis Ramírez Peña, al que no puedo imaginar con sus manos vacías de guitarra o piano.
Luis siempre ha sido mireño, ama a Mir, es de Mir y en su carácter está el serlo, defenderlo y vivir por él, por eso no han sido pocos sus sueños de música para aquella gente que también lo aman y respetan.
Grupos, solistas, coros, dúos, tríos, niños, jóvenes, de todo ha pasado por sus manos y su talento, en un afán hermoso por dejar en su pueblo la semilla de la canción, esa por la que respira y que le ha valido conocer otras tierras y otras culturas.
No hay convocatoria negada por su boca o su rostro, no hay un no ante el reclamo de sus amigos y compañeros, jamás una esquivez a nuestros deseos de su arte limpio, serio y cierto. Así es Luis Ramírez, dispuesto, ágil, comprometido y fiel.
Lo conozco desde hace mucho, y desde hace mucho me honro con su amistad, porque amo la música, admiro a los que han nacido con el don de hacerla desde el alma, y mi amigo Luis es uno de ellos. Y lo admiro y respeto mucho más porque la comparte, la vive y deja vivir en otras voces, que durante décadas ha formado o ha querido formar, en sus ya interminables horas de consagración.
Ni jubilaciones ni disgustos hicieron que Luis abandonara su amor por enseñar. Está en su naturaleza, en su sangre y con eso tiene que lidiar porque ya es parte de de él y de su vida.