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Que nadie me acuse de irrespetuoso de los defectos humanos, que nadie imagine que empleo la palabra COJO para reírme o mirar indiferente a una imperfección de la madre naturaleza, y si empleé en el título de esta crónica esa palabra es porque así conocimos los de mi Buenaventura a dos personajes muy singulares, ambos lisiados de sus dos piernas, cosa curiosa porque no eran absolutamente nada en materia de sangre, aunque muchos pensaron que eran hermanos y que la imperfección no era otra cosa que cuestión genética.

 

Esteban y Roberto eran sus nombres de pila, y para más coincidencias, los dos se construyeron sendos cochecitos de madera tirados por chivos, lo que hacía aún más grande el parecido físico, que se completaba con que ambos se dedicaban a cortar la melena a cuantos se les ponían en frente, sí, porque los dos eran barberos.

Siempre hay quien se burla, siempre hay quien abusa del que permite que se abusen de sí o de quien no puede defenderse, y Roberto no escapó de la maldad de alguien que un día, cuando la noche arropa con la manta del sueño, le llevó el chivo y según dicen lo convirtió en sabroso chilindrón. De todo hay, y ojalá quien castiga no mande al burlón sus avispas, con la fuerza que esa burla merece. La anécdota se conoció y realmente nadie supo el nombre del cruel cocinero, el asunto es que durante unos cuantos días estuvo el buen Roberto sin chivo, porque entre otras cosas, un chivo no se doma así como así.

Pero bueno, el tiempo siguió su paso lento pero curalotodo y al final salió nuevamente a la calle y junto a Esteban lo vimos pelando y afeitando a sus anchas por todo el pueblo, de esquina en esquina, con sus carretoncitos enchivados y su cajita llena de peines, tijeras y navajas.

Hace algunos años mi viejo me contó una de las más graciosas estampas de época y tal como me la contó yo se la cuento a ustedes.

A pesar de que el juego de azar es costumbre ancestral en Cuba, jamás ha sido permitido de buena gana por los hombres honrados de cualquier tiempo y en casi todos los gobiernos fue perseguido, amén de que muchos se hicieran de la vista gorda. Al contrario de Esteban, hombre sencillo y poco hablador, Roberto siempre gustó del juego y de la conversación alegre. Lo que viene enseguida es absolutamente cierto y da la medida de la habilidad que el inválido cocherito alcanzó en las artes de la conducción de su chivo amaestrado, el mismo que un fatídico día le comieron.

La escena se desarrolló en un garito clandestino del centro de Buenaventura, la mesa estaba llena por los cuatro costados, las apuestas crecían y los dados rodaban sin misericordia por el paño de quita y pon, las manos nerviosas en el afán de multiplicar los “reales” se olvidan de mandar el lógico aviso a los demás sentidos y en consecuencia no se percataron de que una pareja de “guardias” se acercaba al lugar.

Los primeros en divisar la cercanía de los representantes de la ley y el orden dieron el conato, los más hábiles salieron a todo correr, y el pobre Roberto, que para nada se apeaba de su carretoncito, le espetó un “chuchazo” al pobre animal que lo hizo abrirse paso por entre la enmarañada turbulencia humana que a la desbandada buscaba la maleza contigua, separada de la vivienda por una cerca de medio caer.

Nadie sabe cómo y mientras más vueltas le doy en mi cabeza no puedo entender cómo pudo Roberto, sin caerse, volarse aquella cerca montado en su carretón, qué clase de sogazo le daría al chivo para que pudiera saltar la valla; el asunto es que el “Cojo” se desapareció junto a los más hábiles corredores, dejando tras de sí a dos o tres infelices que finalmente pagaron los platos rotos. Al día siguiente uno de los “guardias” de la operación vio a Roberto que venía en su cochecito y con rostro severo lo detuvo. –“Usté” es uno de los que andaban ayer en el asuntico del “dao” ¿no es así? – Roberto, medio asustado y socarrón lo miró con cara de yo no fui y le respondió: “No, teniente, yo no estaba”, a lo que el hombrín de caqui amarillo, apuntando al chivo, espetó severo: “Usté no estaría, pero a ese bicho yo sí lo vi”.