carpintero.jpgHay oficios que identifican a las personas que han pasado por ellos y personas que identifican a los oficios por donde pasan.

No sé realmente cuál de las dos opciones identifica a un hombre que desde que tengo uso de razón, siempre lo he visto con un trozo de madera en las manos, a veces convertido en trapeador, otras en bruto, en espera de ser labrado y lucir una figura por la que alguien se interese para dar vida a su dueño.

Estoy hablando, obviamente, de Wenceslao López, cuyo nombre, por difícil y porque el cubano siempre se lanza por el trillo más corto, se fue achicando hasta quedarse en las últimas tres letras por las que casi todos lo conocen: Lao, o por su variante más común y diminutiva: Laíto.

Las viejas carpinterías de mi pueblo, de nuestro pueblo, conocen de su oficio y de sus bromas; las calles saben de sus pasos, con sus piernas arqueadas por los años, pero todavía firmes; y así, poco a poco, sin quererlo, Laíto se ha ido convirtiendo en un personaje indispensable en el libro de la historia de Buenaventura.

No hay que diseñar edificios para perpetuar nombres, no hay que descubrir lo inexplicable para llegar a la cima. Hay seres que desde la humildad y el paso lento de su hacer, van definiendo su destino, hasta ubicarse en el mismo corazón de la  gente que le rodea y le sigue.

Laíto tiene familia, tiene amigos, conocidos y tiene ya una imagen que todos vemos venir desde lejos. Una imagen que desde hace un tiempo a esta parte viene coronada de sombrero. Con esa imagen se queda, con esa imagen está, haciendo historia, la historia de un carpintero que no se rinde ante la vida y de cualquier trozo de madera, construye el pan de la existencia.