Confieso que en otros años, y ya son 22 los pasados, no me tomaba tan a pecho una celebración que cada doce meses tiene lugar en mi provincia, y que sus organizadores determinaron llamar Fiesta de la Cultura Iberoamericana.
Este año, culminó la vigésimo primera edición, que con más de un centenar de invitados extranjeros y otros tantos cubanos, llenó parques, plazas y escenarios de los más diversos gustos y exigencias artísticas.
Esta vez asistí, participé y hasta en cierto modo y por mi cuenta me convertí en parte de ese equipo de trabajo, que como hormiguitas intentó con denuedo complacer a todos y brindar la mejor cara de la hospitalidad holguinera.
Lamentablemente los que vivimos en municipios tenemos muy pocas posibilidades de disfrutar de esas actuaciones, que casi siempre son en horarios nocturnos y en la capital provincial, pero yo tenía mis motivos muy especiales para “hacer botella” o auto stop, como se dice en otras partes del mundo, aventurarme en la carretera y hacer un poco de malabares para regresar a casa en las madrugadas, porque en buena medida tuve responsabilidad directa de la visita y presentación en Cuba de una artista de reconocidos méritos, que junto a dos de sus músicos, deleitó a más de un espectador que emocionado les aplaudió.
La historia comenzó hace más de un año, y devino en una profunda amistad entre quien escribe estas líneas y la formidable trovadora colombo-ecuatoriana Marcela Cárdenas, tres veces nominada y en una ocasión galardonada autora de los Grammy latinos, reconocida además con la gaviota de Plata en el prestigioso festival chileno de Villa del mar, compositora de más de 150 temas, algunos de los cuales forman parte de bandas sonoras de películas, documentales y obras de teatro.
Marcela, esa tremenda artista que me honró al llamarme amigo, y sus excelentes percusionistas Nury y Terry, supieron, a fuerza de talento y sencillez ganarse a los públicos de sus conciertos, sembraron amistad y respeto, conocieron un poco más del arte holguinero y cubano en general y me dejaron una sensación enormemente grata, al constatar que es enteramente cierto lo de “Patria es humanidad”.
Me gustaría decir que todo fue hermoso, que casi tocamos la excelencia, pero sería injusto y muy poco objetivo. Aquí, en mi terruño querido, debemos ganar en muchas cosas, debemos trabajar por ser mejores anfitriones, por valorar mejor el talento y a compensarlo con ese ingrediente mágico que es la amabilidad con clase.
A mi Buenaventura vino una parte de la delegación artística de la Fiesta, y le esperamos, le cantamos, le mostramos nuestro Órgano, nuestra banda municipal, les paseamos por el pequeño bulevar, y les enseñamos un poquito de nuestra artesanía popular; pero finalmente, lo que lindamente comenzó se nos malogró un tanto con una exigua presencia de pueblo; el sol, fuerte hasta para nosotros que ya estamos casi acostumbrados a él, castigó duramente a los artistas en un escenario desprovisto de cubierta.
Un par de días después nos comunicamos, ya estaban en la Habana, en el Neptuno-Tritón para despedirnos telefónicamente. Ellas estaban encantadas con las atenciones capitalinas y la eficiencia del servicio. Me sentí mucho más aliviado porque en cierto modo fui el “culpable” de su corta gira por Cuba.
Estoy seguro de que las próximas ediciones de la Fiesta Iberoamericana tendrán a otros artistas y habrá muchas más presentaciones en Holguín y por supuesto en Buenaventura, pero esta la recordaré eternamente. Motivos tengo y uno de ellos es que en dos de las hermosas canciones que en cada concierto suyo cantó Marcela Cárdenas, me hizo el halago de llamarme coautor: “Esperanza” y “Emigrante”, textos que pertenecientes a mi modesta obra poética, ella ha musicalizado e inscrito como nuestras. Cualquier lector puede escucharlas y hasta guardarlas si accede a Youtube, solicitando estos datos.
Gracias Marcela, gracias Nury, gracias Terry. No hay distancias, sólo es una imaginación la lejanía.