La candonga de Buenaventura, un sitio donde prevalece la sonrisa. Foto: LeoDesde la mítica y bíblica historia de la Torre de Babel, aquella obra monumental que pretendían los hombres erigir con el objetivo supremo de ascender al elevado mundo de Jehová, intento destrozado por el propio Padre Celestial al confundir sus lenguas y provocar el caos, el globo terráqueo se ha poblado de cientos de idiomas y dialectos, con los que la mayoría de los seres humanos nos comunicamos.
El gran Quinto Horacio Flaco, el más importante poeta lírico y satírico en lengua latina sentenció: “El pueblo hace el idioma”, y cierto es, cuando pasa el tiempo y poco a poco se van y vienen palabras que se ponen de moda o escapan de ella, formando parte del habla de todos, para en una suerte de particularidad, acendrarse en el corazón de nuestro lenguaje.
Los que me leen, lo hacen porque como quien escribe esta crónica, dominan y entienden lo que pienso y digo; lo hacen porque además compartimos un sistema de códigos lingüísticos, que es la clave de esa comprensión. Por eso voy a permitirme ciertas licencias y frases que nos son inherentes y sólo nosotros, los cubanos, entendemos.
Los de esta isla grande, estirada a lo largo de la entrada al golfo de Méjico, tenemos nuestras virtudes y nuestros defectos; entre los segundos descuellan el hablar a voces, manotear a más no poder, molestar a los demás sin razón con ruidos insoportables, vacilar sin recato a la hembra que mueve provocativa sus nalgas por la calle, lanzar a rodar el chisme que también llegó rodando hasta nosotros, en fin, que no somos perfectos. Pero también tenemos cosas buenas, !claro que las tenemos!
Tenemos un gran corazón en medio del pecho, tenemos alegría ilimitada, tenemos un ritmo que muchos envidian, sentimos como nadie la música en las venas, sabemos armar un rumbón a cualquier hora y por cualquier motivo, bebemos todos del mismo vaso y a pico de botella lo mismo un ron añejo que un aguardiente casero, pertenecemos a la rara especie de los seres que tras los golpes y durezas, descansan un rato y sueltan la risa, para burlarse hasta de ellos mismos.
Usted es cubano compadre, esté donde esté, haga lo que haga y sabrá entender lo que le digo, sabrá de lo que estoy hablando, cuando le recuerde que en aquellos años duros de los 90, cuando tuvimos que jugárnosla de tú a tú con la vida y las otras cosas, aparecieron fórmulas que ni los más grandes matemáticos imaginaron, aparecieron caminos que habían sido tapados por las malezas del tiempo, y entonces, poco a poco, salimos a flote, soltando el pellejo con jabones cargados de químicos extraños, probando bocados intragables, pasando las de Caín, pero sin dejarnos matar, pariendo, criando, y hasta celebrando cumpleaños, que una fiesta nunca nos faltó.
Fue en esos años cuando escuché por primera vez la palabra CANDONGA, que según la Real Academia de la Legua Española significa, y cito textualmente: “Cancamusa, burla oral y continuada”, y más adelante da otras acepciones como las de “Mula de tiro” y Lisonja o adulación”.
Según la misma institución suprema de la lengua hispana, Candonguear es “Dar a uno candonga o hacer el vago”, sí, porque más abajo aparece la definición de Candonguero, que espeta lo siguiente: “Bromista, que suele dar candonga y vago u holgazán”. ¿Qué le parece, compay?
Nada tengo en contra de la Academia, pero me parece que le haría falta sumar una acepción a la mencionada palabra, porque en Cuba, Candonga no es nada de lo que el diccionario enseña, en Cuba candonga significa otra cosa. Es el lugar a donde fuimos muchas veces a buscar un poco de alimento con qué paliar nuestras penurias, es sacrificio de muchos para buscar ingresos económicos para sus familias, es invento, innovación, iniciativas, es, sobre todas las cosas, cubanía, esa cubanía que hace transformar un vocablo traído desde el África, negra y esclavizada, hasta el trópico multicolor.
La candonga angolana, con sus múltiples ofertas, fue la imagen que trajeron e incorporaron los cubanos venidos desde allá, para en pintoresco parangón, nombrar a los incipientes comercios particulares de aquí, desordenados al principio y poco a poco incorporados a la cultura gastronómica y de utilidad.
Hoy, en este minuto que compartimos desde este pedacito de tierra cubana, ya no concebimos el día sin caminar por uno de estos lugares, escuchar los buenos y malos pregones, oler lo sabroso y lo engañoso, mirar los precios y tocarnos los bolsillos, compartir o criticar, pero definitivamente asentir ante la idea de no se sabe quién, de permitir que seamos dueños de estas pequeñas ofertas, que mal que bien, nos ayudan a seguir siendo cubanos.
Ahora vuelvo al mismo Horacio, del que al principio hablé, el poeta latino, ¿recuerdan? Pues bien, aquel inmenso letrado, nacido en la ciudad italiana de Venosa, legó un pensamiento cuajado de frases formidables, y quiero terminar con la que tal vez sea una de sus más cortas, pero célebres: “Carpe diem”, o lo que es lo mismo: “Vive cada momento de tu vida como si fuese el último de tu existencia”.
Hay que vivir, hay que disfrutar hasta de los vaivenes del lenguaje, porque no sabemos lo que depara el mañana y no es lo mismo Vivir de la candonga que Vivir en candonga. Lo primero es un reto para mis amigos comerciantes, lo segundo es más propio de todos, porque la broma es la marca del cubano. ¿Es así o no es así, andoba?




