De maestros quiero hablar, de vocación y pasión de enseñar. Porque el magisterio, el verdadero, no tiene moldes exactos, ni necesita de mucho para hacerse grande, pues ya lo es por sí mismo.
Todos hemos tenido maestros buenos, otros que pasaron por nuestras vidas sin penas ni glorias y los hemos tenido que sobresalen todavía en nuestros recuerdos. Voy a aprovechar para recordar un poco a los míos.
Me vienen a la mente los rostros y palabras de hombres y mujeres como Ulda Segura, Daer Rodríguez y Enrique Pérez, que ya no están, aunque siguen estando. Esos sólo son tres, de algunos otros que recuerdo con agrado, porque merecieron el cariño y el respeto de muchos de mi generación, que disfrutamos de sus clases como si fueran verdaderas fiestas.
Ulda fue mi maestra de cuarto grado, y su dulzura combinada con rectitud no había sido aprendida en escuela alguna, nació de ella y con ella se marchó, dejándonos para siempre una frase cariñosa junto a un regaño oportuno. Enriquito, que así lo llamamos todos desde que éramos niños, tenía el encanto de los que se apasionan con su profesión. Y lo recuerdo ayudándome a lavar mi pupitre, después que él mismo me ordenara limpiarlo tras habérseme ensuciado, y el modo en que disimuló mi vergüenza y minimizó las burlas de los demás. Daer era de aquellos maestros nada ortodoxos, de los que miraban poco al plan de clases, porque se concentraban en enseñar la esencia de la vida, contenida en cada lección, sin temor a violar estructuras, pues la pedagogía estaba en su capacidad para demostrar cada situación teórica. Lo recuerdo con mano en el bolsillo, sacando dos pesetas y mandándome a buscar dos tabletas de hielo, con las que nos demostró cómo convertir lo sólido en líquido y el líquido en gas mediante un simple mechero y de ese modo enseñarnos que la materia ni se crea ni se destruye, que sólo se transforma. Así ocurrió con él, su materia todavía nos inunda, ahora en el recuerdo permanente de los que fuimos sus alumnos en el Centro Escolar Rigoberto Mora.
Muchos más tuve y seguiré teniendo, porque ese es el secreto de los verdaderos maestros, que siempre siguen enseñando aunque ya no puedan levantar la regla ni empuñar la tiza. Con cariño recuerdo a Monín Pozo, Frexes Concepción, Martha Varona, y a otros más que por mucho que se hayan alejado de las aulas, siguen con nosotros frente al pizarrón de la vida.




