Wil García. Foto: Aleaga.Wil García. Foto: Aleaga.Es un compañero de trabajo; es alguien tan familiar para mí como lo puede ser un primo, un vecino de mucho tiempo, porque la vida nos ha hecho caminar juntos por más de 25 años.

Will García Almaguer es su nombre de pila y por más que intente describir su apariencia y su gracia, ustedes no llegarán nunca a comprender en toda su real dimensión, la esencia de su personalidad, por eso, de antemano me justifico si no logro hacerles por lo menos sonreír.

Aunque tiene su nombre, que hace unas líneas escribí, a Will todos los que trabajamos con él le decimos “Colega”, no importa que él sea realizador de sonido y quien lo salude sea locutor, director de programas o encargado de la limpieza, y la razón está en que él decidió un buen día apropiarse de esa palabra para denominar a todo el que pasaba por su lado y Colega se quedó.

Es justo decir que a todos los atributos ya mencionados, el Colega decidió hace muchísimos años agregar su pasión desmedida por la bebida y la música mexicana, lo que hace que otro sector no identificado con la radio lo conozca como “El Mariachi”.

Hay humoristas geniales, extrovertidos, profesionales que saben muy bien su oficio y explotan la mímica educada en largas sesiones de entrenamiento facial y corporal, con cuidada exactitud, los hay que aún sin poseer el talento natural, han logrado imponerse y crear su público que delira ante sus actuaciones. El Colega muy bien pudiera haber sido un gran actor, un excéntrico o quién sabe qué, porque en su personalidad confluyeron gracia, vis cómica, talento y sencillez. Por su parte, la vida se ha encargado de poner sazón a su camino, de tal suerte que casi todo lo que le sucede a Will es digno de figurar en un guión cinematográfico.

Son famosas las anécdotas del Colega, o el Mariachi, como mejor le cuadre a usted. Como aquella en la que aún viviendo en Las Mantecas, conocido barrio del cual es oriundo, y cansado de que una perra le saliera al paso con sus ladridos y dientes afilados, decidió darle su merecido, pero dio la casualidad de que el día en lo decidió venía con varias copas de más. Usaba Will unas zapatillas caseras, hechas de una simple tela y suelas de goma, muy finas por cierto, y que fueron muy usadas en los años más duros de la crisis de los 90.

Esa noche, con buena luna, Will notó que la maldita perra no le ladró y por el contrario, permanecía completamente dormida, enroscadita muy cerca de donde habitualmente lo atacaba. Se acercó sigilosamente al inocente animal y le espetó una patada digna de un gol de Messi. Según nos contó un tiempo después, él fue el que cayó enroscado de dolor, con sus dos manos se frotaba el pie magullado, la borrachera se le pasó inmediatamente y sus ojos no podían creer que el animal no se hubiera movido. La respuesta vino instantes después cuando comprobó que su pie se había fajado no contra lo que él pensó, sino contra una piedra anclada en el camino.

Sus continuas libaciones le han llevado a protagonizar escenas geniales, como aquella en la que perdido el equilibrio, resbaló y se hundió en un viejo lodazal, en el que permaneció un buen rato. Al cabo pasaba el hijo de uno de sus hermanos, que entre asustado y paralizado por el asombro preguntó al casi inidentificable Mariachi: ¿Tío, qué le pasó, se cayó?, a lo que nuestro Colega espetó con voz alcoholizada: “No sobrino…Aquí, dándome una fangoterapia”

Hay varias cosas que es necesario comentar y que ilustran mucho mejor la apariencia del Colega, hombre alto, enjuto de carnes, brazos y manos nervudos, sus pies enfundados en sus chancletas caseras, fabricadas con suelas de goma y otros materiales y que inevitablemente calza cuando es tiempo de farra y la otra son sus perros, a los que siempre ha puesto nombres graciosos: Nacho Capitán (protagonista de una conocida telenovela cubana), Ranger (soldado especializado de la armada norteamericana), y uno al que puso su propio nombre, “Will”, de modo que quien llegue a su casa y llame, primero tendrá que conversar con el perro.

Otro detalle curioso es que Will, es loablemente aseado y ordenado, al extremo de que por muy borracho que llegue a su casa, que por cierto construyó él mismo desde abajo hasta arriba, jamás se acuesta en la cama; primero va al sofá o al piso hasta refrescar “la mona” y después toma el correspondiente baño.

A decir verdad, no he conocido a un ser más naturalmente inteligente e innovador de cuanto le cae a la mano. Lo mismo diseña un dispositivo para distribuir y controlar toda la electricidad de su hogar desde el lecho que pone en funcionamiento una rústica y original alarma contra bandidos. Todo lo puede cuando está sobrio. Varios premios ha ganado Will por la creación de una tinta especial, fabricada con materiales de desechos y con la cual logra manufacturar un excelente papel carbón del que se sirven casi todas las empresas de nuestro pueblo. Todo esto mientras se mantiene alejado de la botella. Pero en cuanto prueba el perverso líquido, que casi nunca es de conocidas bodegas, vienen las “presentaciones” del ilustre beodo en algunos lugares públicos, como aquella en el portal de la Casa de Cultura de nuestro poblado, cuando acompañado de su inseparable “Nacho Capitán” ofreció una disertación de baile, específicamente de Rock, mientras guiaba a Nacho por sus dos patas delanteras y tarareaba el famoso Rock de Amadeus, a la usanza de un Falco criollo y tambaleante.

En otra ocasión, en medio de un carnaval, rodeado de personas y demostrando una vez más cómo puede bailarse con un perro, fue interpelado y hasta regañado por alguien conocido: Will, ¿Qué estás haciendo, compadre? A lo que sin inmutarse respondió: “Aquí, colega, dando un espectáculo”, y en realidad era un espectáculo.

Algo que llama la atención y que tiene que ver más con el instinto animal que con las enseñanzas de Will a sus canes es el hecho de que mientras el Colega no bebe, sus perros no lo siguen y se quedan cuidando la casa, pero en cuanto sienten su aliento o perciben que ha bebido, no le pierden pie ni pisada, será para protegerlo, digo yo. Bueno es decir también que él se da sus tragos pero jamás acostumbra a ofender a nadie ni faltar el respeto a gente alguna. El colega es la persona más respetuosa y correcta que se haya visto y cuando se le pasa la curda, todo cuanto hizo le provoca la vergüenza mayor, al extremo de evitar cruzarse con quien tuvo alguna palabra indebida o por donde hizo o dijo algo incoherente con las normas de su ética, algo así como un Doctor Jeckill y Mister Hyde.

Bueno, el detalle de los perros fue el que originó lo que sigue. Will acostumbraba a visitar a una señora que amablemente le brindaba su café, y en cuya casa parloteaba alegremente una cotorra que era el orgullo y alegría de la familia. El Colega llegó, con unas copas de más y después de la invitación a esperar el café se sentó al lado del colorido animal que desde su arco lo miraba de reojo, como miran los buenos animales de su especie. En un afán por congraciarse con la cotorra, Will intentó sacarle “el piojito” y ni corto ni perezoso el ave asustada lanzó el picotazo y se le prendió del índice, a lo que el Colega trató de zafarse y la cotica cayó al suelo. “Mala vianda el boniato”, ahí mismo se levantó uno de los guardianes de nuestro amigo, precisamente el can llamado “Will” y se abalanzó sobre el bicho verde hasta arrancarle la vida. Bien podemos imaginar la cara de la pobre vieja, con su tacita de café humeante, parada frente a lo que un día fue su cotorra, los ojos llenos de lágrimas y ni el humo del Colega por todo aquello. Se perdió el hombre con sus dos perros, pasaron los días y Will apenado pidió a otra de sus vecinas transmitir a la familia de la difunta parlanchina sus condolencias y la disposición de pagar sus daños, a lo que recibió una respuesta digna de una película: “Que no se preocupe, que venga tomarse el café, que a la cotorra la disecamos, ahora está mejor, ni come ni necesita agua.” Según me dijo el propio Will, no ha vuelto al lugar…por si las moscas.

Will tiene para un libro, su catálogo de frases es impresionante, con una cierro esta crónica, porque lo retrata de cuerpo entero. Corría el año 90, la emisora nuestra todavía era joven y por aquel entonces laboraba junto a mí una periodista convertida en locutora; su nombre Olivia Ricardo. Olivia es pequeña, más que pequeña pequeñita, aunque no muy joven que digamos, persona inquieta y como es de suponer desesperantemente nerviosa. Will, operador de audio, tiene entre sus funciones, antes de comenzar a transmitir o grabar un programa, comprobar y ajustar los niveles de sonido, tanto los grabados como las voces, y en eso estaba; ya había medido mis decibeles e intentaba infructuosamente con la voz de Olivia que moviéndose constantemente en su silla no emitía con todo el rigor necesario para llenar los parámetros requeridos. Will se impacientaba y le pedía que hablara más alto, ella que no podía, los ánimos se caldeaban y la minúscula locutora, ya evidentemente incómoda, hinchaba sus pulmones, casi gritaba sin conseguir el nivel exigido. Hubo un instante de silencio, El Colega, con toda la calma del mundo, torció todo el rostro en señal de obstinación y apretó un botoncito que permite la intercomunicación entre las dos cabinas a través de los gruesos cristales que las dividen y le espetó aquella frase que hizo historia: ¡Niña, por casualidad, ¿Tú haces locución por la teta?

Para qué fue aquello, se acabó el mundo. En realidad Olivia, en su intranquilidad, había movido el micrófono; Y lo más bonito es que ciertamente, estaba apuntando, directico, directico…