El cocodrilo de Rizo, uno de las piezas más aprecidas en el Museo de Buenaventura. Foto: LeoPara los que me lean en cualquier parte del mundo, un cocodrilo es un cocodrilo, pero el cocodrilo del que voy a hablarles no es sólo eso, es, además de un peligroso reptil, una parte inseparable de la historia de mi pueblo, este pedazo de tierra, montado a horcajadas sobre una serpiente de asfalto que va de punta a cabo de toda la isla grande y que los entendidos en cuestiones de vialidad, llaman “carretera central”.
Aquí, tenemos todavía uno de esos animales, que puede verse disecado en el museo municipal, con su bocaza abierta y su piel perfectamente conservada. ¿Por qué está ese cocodrilo ahí?, pues aquí les va el cuento.
Hace unos cuantos años, cuando todavía yo era un niño de unos seis o quizás siete, un señor muy conocido aquí y de nombre Celestino Peña, apodado “Rizo”, tuvo la feliz idea de construir una pequeña alameda, con árboles, aceras y bancos para el esparcimiento; las autoridades lo vieron con buenos ojos y le dieron luz verde y así, en algunos meses Buenaventura “estrenó” su paseo, que todavía es el centro del poblado.
Pero Rizo no se conformó con eso y decidió coronar al paseo con algo que llamara la atención del visitante y que además atrajera a los habitantes de esta humilde tierra, poco habituados a ver cosas fuera de lo común, y así fue como se le ocurrió diseñar una especie de “acuario”, mínimo, ínfimo y en forma de estrella. Pero, ¿qué “echar” en el acuario?, y entonces, lo inimaginable, Rizo contactó con unos amigos en la Ciénaga de Zapata, en la provincia de Matanzas y se apareció con dos cocodrilos, pequeñitos, pero cocodrilos al fin.
Aquello era lo más grande del mundo, desde ese día todos los padres tuvieron un lugar a donde llevar a sus hijos, los diez lados, las cinco puntas y los cinco vórtices de la “estrella” eran insuficientes para albergar a la cantidad de curiosos que todos los días íbamos a “ver los cocodrilos”. La gente se agolpaba en torno a aquel acuario, iluminado por decenas de bombillas de varios colores en un espectáculo inusual y hermoso, romántico y perdurable en la memoria de los que lo vivimos.
El cubano es solidario hasta con los animales, y pronto comenzaron a llegar los más osados con trocitos de carne, animalitos muertos, y toda suerte de alimentos; pero con ese descontrol de suministros, el agua se enturbiaba demasiado pronto y no se podía ver a los reptiles, de modo que Rizo volvió a pensar y diseñó una tapa, también en forma de estrella, toda elaborada a partir de pequeños aritos de metal, que permitía la visión a la vez que impedía que alguien pudiera lanzar desperdicios al estanque.
Uno de los espectáculos a los que todos queríamos asistir era al de la limpieza del acuario. Rizo, un hombre probado en el trabajo y en la vida, se lanzaba, escoba en mano y con la destreza de un domador, esquivaba a los cocodrilos que poco a poco y casi sin notarlo nosotros, habían estado creciendo, a tal punto que les costaba trabajo caminar por el ya reducido espacio de su confinamiento. Rizo lavaba el estanque, botaba los residuos indeseables y con habilidad de trapecista saltaba el muro, colocaba nuevamente la tapa en su lugar y todo ante la mirada envidiosa de los más pequeños y la de los cocodrilos que al parecer le conocían, le querían y hasta le respetaban.
Así pasó el tiempo, todos crecimos un poco y los reptiles también, el más pequeño de los dos, murió y entonces quedó uno sólo, por eso el título de esta crónica, porque por unos cuantos años lo vimos a él, al único, amo y señor de nuestro humilde paseo, con su colota enorme, su bocaza abierta tragando toda suerte de animales sacrificados o fallecidos, con su paso lento, calculador, sus ojos inexpresivos y su mirada fría. Entonces un día, no lo vimos más, Rizo entregó el acuario, lo rellenaron de tierra y paso a formar parte de la base de un monumento que nos identifica como municipio.
El inmenso cocodrilo, a petición de muchos, fue sacrificado y disecado para ser exhibido en el naciente museo local. Allí permanece, con sus dientes afilados, impresionando a los niños y hasta a muchas personas mayores, como un recuerdo imborrable de nuestra niñez, del nacimiento del paseo, de Rizo y de tantas otras cosas que son importantes para nosotros. Si un día vienes a Buenaventura, a este pequeño rincón de Cuba, y ves a ese cocodrilo en nuestro museo, ya conoces por qué está ahí. Ahora recuerdo una anécdota que también es parte del cocodrilo y que tiene que ver con su alimentación.
Una de aquellas tardes, pasado el tiempo y cuando ya la mayoría de los habitantes de aquí nos habíamos acostumbrado al cocodrilo, una señora, muy “encopetada” y con ciertas ínfulas, pasaba cerca de la “estrella”; iba con su hija de unos ocho o nueve años, Cirilo estaba allí, Cirilo, uno de los dementes clásicos del poblado y que como todos saben aquí, habla muy poco, a veces unas frases incoherentes, pero ni es dado a comentar ni mucho menos a responder a nadie. Y nadie sabe, a ciencia cierta por qué lo hizo, que rabia tenía por dentro o qué cosas imaginó él de aquella gente que miraba con recelo al animal mientras este se alimentaba. La niña preguntó a la madre:-¿y qué se está comiendo mamá?- la madre, con pose aristocrática, como sin saber nada de nada respondió.-“Ay, no sé, es asqueroso”.
Cirilo, ni corto ni perezoso, como impulsado por un resorte inexplicable y secreto, un corrientazo mental, abrió sus ojos de loco, su mirada echaba chispas y muy cerca de la mujer y su hija le espetó con voz clara y discurso preciso y cubano: “Eso es un mondongo de chivo, señora”. Se dio un par de sombrerazos en un muslo y se fue de allí.




