Hace un buen tiempo no escribo mis acostumbradas crónicas o remembranzas de personajes que habitaron o habitan mi pueblo.
Hoy vuelvo por los fueros y la emprendo, con impecable carga de cariño y nostalgia, hasta el alma misma de un hombre que conocimos los de aquí y que pasó por la vida como lo hacemos todos, con algunas pasiones que a la postre le marcaron el ritmo de su andar. Hablo de Gilberto Acosta Torres, o simplemente Beto Acosta.
No quiero ir más allá de vuestra paciencia, porque para hablar de Beto se necesitan una buena dosis de ella y unas cuantas cuartillas.
Sólo decir lo que muchos desconocen, porque lo encontraron viejo, amarrado a un banco del paseo de Buenaventura, a una canequita de ron y a su inseparable cabo de tabaco.
Antes de ser ese que muchos recuerdan, Beto fue una de las mejores segundas bases que ha dado la pelota por estos lares, integrante de las más aplaudidas nóminas de nuestra tierra, lo que le valió para que sus compañeros de entonces lo eligieran como su manager en las primeras series provinciales.
Así era Beto, empedernido del béisbol, no importa de dónde fuera, y lo mismo disertaba sobre la pelota nacional que de las Grandes Ligas. A decir verdad, eso conspiraba un poco contra su afición por la narración deportiva, porque hay que recordar que Gilberto también narró pelota desde nuestra emisora municipal, y escucharlo era un verdadero banquete, pues no desperdiciaba ocasión alguna para vincular cualquier acción en el terreno, con jugadas similares o averages de peloteros estrellas de la Triple A. Así jugaban juntos, El Pinto de Ludgarda y Mickey Mantle; Bismarcito y Joe DiMaggio; o Santiago Torres con Babe Ruth. El asunto era que al final del partido no sabíamos bien si había ganado Buenaventura frente a Las Lajas o Los Yankees de Nueva York a Las medias Rojas de Boston.
En todo este mejunje, Beto jamás soltó su tabaco ni dejó olvidaba su caneca, casi siempre hasta los hombros de ese líquido mareable y de olor característico, al que llamamos cariñosamente walfara, lo que daba a su aliento un toque particular, que ya podrán imaginarse.
Hay una anécdota que fue pasto de risas y comentarios, relacionada precisamente con esa última afición de Beto. Jugaban los de nuestro municipio en otro terreno, y el partido terminaba favorable a los nuestros. En medio de la alegría que eso provoca en todos los parciales, Gilberto, con voz engolada y con las pausas requeridas, a lo Eddy Martin, soltó al aire: “Esto se está acabando…victoria para nuestro equipo…Gilbertico, guárdame lo que tú sabes.” Gilbertico, el hijo, sabía perfectamente que el recado estaba dirigido hacia la canequita.
Hace años yo tuve un programa que se llamó “El Show del domingo”, y ese día de la semana, a las doce en punto, nos reuníamos varios amigos, colaboradores del espacio, para charlar con los oyentes de diversos temas. Se hacían preguntas, hacíamos chistes, y mucho más. Una de las secciones la atendía Beto Acosta, un tiempo de curiosidades del béisbol. Confieso que Beto era mi amigo, así lo creí siempre, el me quería y yo también lo quería, lo admiraba, pero cada vez que llegaba y abría la boca, sentía como si me pasara un tren por encima; la bebida y un cabo de tabaco producen una mezcla violenta que en el encierro de un estudio de radio no son muy sabrosas que digamos, pero bien, así y todo yo lo aguantaba. Lo que sí no pude fue lo que le dio por hacer y que ya había hecho en algunos juegos de pelota.
Debo decir que Beto tenía pleno dominio de la charada, es decir, de esa suerte de lista de cosas que poseen un número y por las cuales la gente jugaba y todavía algunos malbaratan al azar su dinero. De modo que el uno es el caballo, el dos la mariposa, y así sucesivamente. Pues bien, ya él había estrenado su conocimiento cuando presentó a Bismarck Fernández en su turno al bate: “Con el 23 en la espalda…vapor…”.
Como ya les dije, yo tenía mi programita, y cada domingo teníamos un sorteo para seleccionar al ganador o ganadora de la pregunta que dejábamos desde la semana anterior. Esas preguntas giraban en torno a situaciones en un juego de pelota o cuestiones de agilidad mental. Los oyentes respondían por teléfono o escribían sus notas durante toda la semana y al filo de las doce y cuarenta, dábamos el resultado y ahí mismo soltábamos la interrogante de la siguiente semana. Pues bien, un domingo, casi terminando el programa, voy y digo: “Vamos ahora al sorteo, Gilberto, introduzca la mano en nuestro bombo, seleccione un papelito y dígame el número ganador de hoy”. Aclaro que siempre hacíamos coincidir ese número con una lista de nombres que previamente se daba a conocer. Pues bien, Beto, introduce su mano en la pequeña cajita, mueve los dedos y saca un papelito. Lentamente lo abre y me dice: “Déja ponerme los espejuelos, que no veo bien…ahora sí, el ganador es el número 10”. Y antes de que yo tuviera tiempo para otra cosa suelta aquello que paralizó al estudio entero: “Pescao grande”.
Cuando terminó el programa, bajamos juntos y le dije: “Coño, Beto, no metas más la bolita en el programa que me vas a embarcar”. Me miró, mientras sacaba un cabo del bolsillo, se sonrió y soltó: Bahh, no cojas lucha, eso to´ el mundo lo sabe”. Encendió el cabo, se dio un buche y se fue para el paseo a ver pasar la vida. Así era Beto.




