Ana Elaisa Salomón D´Steel (Anita), con su única hija Mercedes.Ana Elaisa Salomón D´Steel (Anita), con su única hija Mercedes.Hay tiznes hermosos, hay suciedades que embellecen el tiempo y los corazones, y en medio de todo dejan una marca de bondad, respeto y admiración, porque nada hay más grande que la humildad, cuando la vida pasa a cobrar sus cuentas.

 

A Anita la recuerdo con un viejo faldón, todo embadurnado del negro polvillo que se desprende de los trozos de carbón, ella no lo hacía, lo vendía, y su casa era un punto de venta reconocido en toda esta zona, por eso, siempre que alguien necesitaba de ese combustible vegetal para cocinar, iba directo a donde ella. Era una negrita bonachona, de ojillos vivaces y sonrisa fácil; de caminar lento, como calculando sus pasos y midiendo las distancias del mucho vivir, desde que había llegado, nadie sabe cómo, desde la isla de Santa Cruz, en la lejana costa del Pacífico y perteneciente al Estado norteamericano de California, para echar raíces y finalmente unir su suerte a la de un negro fuerte y hábil, luchador y despierto, de nombre José D´Steel, a quien todos conocimos como “Papayó”.

José era muy creyente y tal vez lo de “Papayó” no sea más que una deformación de una frase que él mucho pronunciaba: Papá Dios.

Muchas veces, en presencia mía, ellos mismos renegaron de su origen haitiano o jamaiquino alegando que eran “ingleses”, de hecho hablaban perfectamente el inglés entre ellos y con alguna otra persona que les visitara y conociera la lengua universal. De todos modos siempre se  ha comprobado que José sí llegó desde Haití, aunque él mismo, en algún momento, no sé con qué razones ocultas, dijera lo contrario.

Anita a veces cantaba y su voz, atiplada y algo nasal, desgranaba nota a nota unas melodías hermosas, en aquella lengua que casi nadie comprendía. Cantaba bajito, mientras cocinaba o sencillamente se mecía en uno de los viejos balances de su vetusta casa, hecha de tablas de palma y guano, fresca hasta en el más caliente de los veranos y con ciertos aires de misticismo, impregnados por la condición de sus dueños, siempre apegados a las yerbas y los brebajes.

“Papayó”, de mirada serena y rostro de hombre bueno. Fotos: archivo familiar“Papayó”, de mirada serena y rostro de hombre bueno. Fotos: archivo familiar“Papayó” sabía casi todos los usos de las plantas, caminaba por el patio y las recogía a puñados o las escogía con manos de pinza, para después a modo de alquimista, preparar sus líquidos mágicos que envasaba en botellas y las guardaba celosamente en su cuarto, con piso de tierra.

Para todos en mi pueblo, aquí en mi Buenaventura, holguinero y cubano, no eran más que dos “haitianos”, para mí, que los tuve bastante cerca, casi como familia, eran mucho más que eso, eran un pasaporte a una manera de vivir, muy simple, pero en realidad la más linda manera de hacerlo: sin vanidad y en comunión con el alma de la creación universal.

A todos servían, a nadie negaron jamás una sonrisa ni una atención; educados hasta en lo más profundo de sus actos cotidianos, sin gritos ni pleitos, sin ofensas, sin comentarios insidiosos sobre terceros ausentes. Así se quedaron para siempre Anita y Papayó.

Con los años, vienen los golpes y las pruebas de la vida, y Anita quedó prácticamente ciega. Con pasos aún más lentos iba hasta su viejo sillón y ahí esperaba sus comidas y a las visitas, a esas personas que siempre han tenido un poquito de tiempo para conversar con los “viejos” y que en toda época fueron pocas. La primera pregunta que hacía la negrita buena era: ¿Quién son tú?, con la respuesta venía el resto de la charla.

Y así vivieron, Anita con su carbón; Papayó con sus yerbas, su Biblia y su caminar ágil, su espalda un tanto inclinada hacia delante y aquellas manos grandes, sólidas y nobles, que se completaban con brazos nervudos y fuertes, aún en la ancianidad.

Debo argumentar que conocí muy bien aquella casa, era también la casa de mis tíos y dos de mis primos hermanos; por allí anduve, comí, bebí y escuché cosas inolvidables, muchas de ellas venidas desde los años mozos de aquellos seres de ébano, que enrumbaron su existencia hacia la nobleza y bajo esa misma premisa dieron amor y cuidados a la familia de quien con los años se convertiría en mi tía política al casarse con un hermano de mi padre, de hecho casi eran sus abuelos y aunque entre nosotros no existían lazos de sangre, sí los hubo de respeto y cariño.

Anita murió primero, el 22 de mayo de 1979, de vieja supongo, porque aunque había nacido el 14 de febrero de 1887 era fuerte como el jiquí; Papayó quedó solo por mucho tiempo, atendido por mis tíos Magdalena y René, hasta que también falleció, a los 105 años, después de caer y levantarse muchas veces.

Dije al principio que hay tiznes hermosos, hay nombres que llevamos prendidos en el corazón para siempre; Ana Elaisa Salomón D´Steel y José D´Steel, o mejor aún, “Anita y Papayó”, los tiernos vendedores de carbón de mi pueblo, estarán eternamente pintando el alma de este hombre que no se cansa de besar sus manos.