Alejandro González Cuello es conocido por varias generaciones de calixteños. Foto: Iraldo PedroDesde que tengo uso total de mi razón lo he visto, con su paso gracioso, amoldado a un problema de salud que él mismo no quiso nunca solucionar, una hernia testicular que le ha convertido sus escrotos en inmensa bolsa, impedimenta para un andar común, por lo que Alejandro, un negrito viejo y bonachón desanda las calles de Buenaventura en una pose singular, arrastrando los pies, con su cuerpo levemente inclinado hacia atrás y empujando con uno de sus muslos el inmenso “huevo” que ya se ha hecho tan famoso como él.
Pocos conocen de dónde viene este negro bueno y noble, callado y que cuando habla lo hace tartamudeando. Pocos conocen además cuál es su nombre completo, y todas esas incertidumbres hacen que la especulación alcance niveles de leyenda.
Unos dicen que es haitiano, otros que jamaiquino, hasta se ha dicho que es uno de los últimos esclavos y que sin darse cuenta siguió sirviendo a la familia donde todavía pertenece.
La verdad aguarda en cualesquiera de las esquinas donde se sienta, allí puede usted, amigo mío, preguntarle cosas, saber cosas. Él mismo le responderá, porque aunque ya vive su año número 98, Alejandro oye y ve muy bien, goza de plenitud mental y lo recuerda todo, absolutamente todo.
Su nombre completo es Alejandro González Cuello, hijo natural de los santiagueros Reinaldo González Sandó y Juana Cuello Laporte. Tiene, como ya escribí líneas arriba, 98 años cumplidos, sí, porque hasta en eso el almanaque fue benévolo y suspicaz. Alejandro, aunque nunca se ha casado ni conocido hembra humana, nació en el Día de los Enamorados de 1914.
Según cuenta este ya ilustre personaje de nuestras calles, vino aquí por pura casualidad, pues desde pequeño vivía y trabajaba junto a sus padres en una zona conocida como Cupey, cercana a la nuestra. Allí, en los extensos y productivos potreros de Rogelio Planas sirvió, sobre todo como mensajero; su fidelidad a toda prueba hizo de él un hombre altamente confiable; por sus manos pasaron miles de pesos de salario para los peones de Planas, mientras que él, según dice, sólo recibía algún regalo del patrón.
Así vivió muchos años hasta que un buen día una sobrina del ganadero tomó marido y decidió establecerse más al oeste, en un pueblo en formación y por donde pasaba la carretera central, el lugar no era otro que este, desde donde escribo y vivo: Buenaventura.
Ramona Lueges Labrada, que es el nombre de la susodicha dama, preparaba el viaje, y como Alejandro estaba siempre dispuesto y disponible, vino a ayudarle con la mudanza. Ya sus padres se habían marchado para Santiago de Cuba y aquí decidió quedarse, haciendo lo que mejor sabía, servir, por el único pago que conoció, el plato de comida y una que otra moneda para gastos menores.
Hace unos días conversé con él, sus ojos me parecieron los de mayor vitalidad del mundo, su sonrisa casi salvaje y su rostro cuajado de pelos blancos e indóciles me revelaron una gran verdad: “Hay niños que ni el tiempo vuelve viejos, hay siglos que no pasan en la piel de un negro bueno”. Y ahí está él, Alejandro González Cuello, con su mirada de niño y sus ojillos de ayer, con su caminar extraño, pero simpático, enfrentando al mundo y a la vida con la hernia más famosa de la historia.